viernes, 10 de abril de 2015

Cómo anular a una persona


El peor daño que se le hace a una persona es darle todo. Quien quiera anular a otro solo tiene que evitarle el esfuerzo, impedirle que trabaje, que proponga, que se enfrente a los problemas (o posibilidades) de cada día, que tenga que resolver dificultades.

Regálele todo: la comida, la diversión y todo lo que pida. Así le evita usar todas las potencialidades que tiene, sacar recursos que desconocía y desplegar su creatividad. Quien vive de lo regalado se anula como persona, se vuelve perezosa, anquilosada y como un estanque de agua que por inactividad pudre el contenido.

Aquellos sistemas que por "amor" o demagogia sistemáticamente le regalan todo a la gente, la vuelven la más pobre entre las pobres. Es una de las caras de la miseria humana: carecer de iniciativa, desaprovechar los talentos, potencialidades y capacidades con que están dotados casi todos los seres humanos.

Quien ha recibido todo regalado se transforma en un indigente, porque asume la posición de la víctima que sólo se queja. Cree que los demás tienen obligación de ponerle todo en las manos, y considera una desgracia desarrollarse en un trabajo digno.

Es muy difícil que quien ha recibido todo regalado, algún día quiera convertirse en alguien útil para sí mismo. Le parece que todos a su alrededor son responsables de hacerle vivir bien, y cuando esa "ayuda" no llega, culpa a los demás de su "desgracia" (no por anularlo como persona, sino por no volverle a dar). Solo los sistemas más despóticos impiden que los seres humanos desarrollen toda su potencialidad para vivir. Creen estar haciendo bonito, pero en definitiva están empleando un arma para anular a las personas. (No quiere decir que la caridad de una ayuda temporal no sea necesaria en momentos especiales).

Amnesia Disociativa

Todo lo que he vivido, lo que he visto, lo que he oído… todo me pertenece. Todo es mío.

Desde pequeña tengo el hábito de escribir lo que siento, lo que me ha pasado. Por eso una de las cosas que más aprecio tener es un diario que me regalaron cuando cumplí 10 años. Es pequeñito, de Hello Kitty de Sanrio, color rojo. En un mes cumplo 20 años. Ahí tengo plasmada mi vida por temporadas y me encanta leerlo de principio a fin. Me causa gracia que se notan diferentes patrones de personalidad muy propios y que no han variado mucho a lo largo de los años. Sin embargo, algo que me hace mucho ruido es que suelo escribir cuando estoy triste, molesta o “existencialista”. Me he dado cuenta de que escribo las cosas tristes o desafortunadas para recordar que pasaron, para saber que el dolor no está tan lejos.
Escribo para saber que he vivido.

Desde muy pequeña me tocó madurar y ser fuerte. Nunca pude encajar totalmente con mis compañeros con infancias felices y madurez acorde a su edad. Tuve problemas sobre mí que no debía tener un niño normal, y por eso cuando veía a mis compañeros jugando y riendo despreocupadamente, me sorprendía y me molestaba conmigo misma por no ser como ellos. Con todo esto quiero decir que por todo lo que me ha tocado vivir, creo que tengo un pequeño trauma que nunca me ha permitido recordar lo malo. Realmente se me olvida, me es casi imposible recordarlo. Al pensar en mi pasado sólo veo una gran y densa neblina. Los años se juntan y se hacen un todo incierto.
Paso gran parte de mi tiempo tomando fotografías y luego viéndolas una y otra vez.
Para que el recuerdo no se escape. Para sentir los momentos.
Todo lo siento tan fugaz, tan lejano aunque yo esté ahí.
Siento que la vida se me escapa como arena entre los dedos.

Requiero de un gran esfuerzo diario para recordarme que estoy viva.

Recordar que he vivido y que todo me pertenece.