domingo, 10 de julio de 2011

Apatía involuntaria

Ahí fue cuando podría decir, con certeza, que todo comenzó, no estoy segura de por qué había esperado tanto tiempo para esto, pero me dijo cuánto y por qué me quería, nunca había sentido tal grado de incomodidad. Me limité a mirarlo fríamente, pero mi patética estrategia se debilitó cuando pronunció esas dos palabras que de ningún modo esperaba escuchar. El notó la expresión en mi rostro, pero desvió la mirada y prosiguió. Fue tanta la desdicha y la satisfacción que me invadieron cuando terminó su pequeño discurso, que no encontré respuesta más convincente que un simple "gracias". Esbocé una sonrisa torcida y presioné mis labios tan fuertemente contra los suyos, que él dio un respingo, y me sentí agresiva. Aún atónito logró soltar mi mano y se alejó del vagón, observando cómo me alejaba. Lo vi irse con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Yo no tenía esperanzas de volver, y me propuse verlo por última vez, me quedé al lado de la ventanilla hasta que estuvimos lo suficientemente apartados de la estación como para que todo se nublara y se convirtiera en esbozos de distintos matices de verde, variedad de pinos y arbustos frondosos. Me tomó unos momentos para caer en cuenta que lo había conseguido, me había marchado. Mis ojos se humedecieron con un sentimiento entre la nostalgia y la alegría. Era libre... o por lo menos eso creía yo.